El autor

Wílmar Cabrera
Wílmar Cabrera (Palmira, 1970) es periodista egresado de la Universidad Autónoma de Occidente, de Cali. Allí fue cofundador y coeditor de El Gusano “La única revista que no tiene eslogan”. Publicación de ensayos breves, relatos, cuentos y poesías con la que obtuvo en 1994 la beca a Creaciones Culturales Periódicas de Colcultura. En Bogotá trabajó en las redacciones del canal CityTV, el diario El Tiempo, la revista SoHo y, como guionista, para CaracolTV.

En 2002 realizó una estancia de cinco meses en Kingston (Jamaica) para estudiar inglés y vivir de cerca la cultura rastafari en la isla. A su vuelta a Colombia y después de estar una década en la capital colombiana, Cabrera regresó a Cali para ejercer como corresponsal en terra.com.co.  Luego se vinculó al diario El País como periodista de la Unidad de Domingo, especialista en deportes.

Desde 2008 vive en Barcelona, donde estudió el Máster de Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Regularmente escribe para El País (de Cali) y colabora para las revistas DONJUAN, Bocas, Gaceta y Avianca.

 

Su vicio fue Soriano

Charla en el futuro –día y año aún por determinar- con el filólogo irlandés Cesio Salomon O’Brian sobre Wílmar Cabrera.

De paso por Barcelona, ciudad a la que llegó para escudriñar sobre la etapa que vivió aquí Wílmar Cabrera y que arrojó como resultado la primera novela del escritor, su biógrafo, Cesio Salomon O’Brian, habló sobre las características que identifican la obra de este autor. Próximamente Salomon O’Brian publicará el resultado de su trabajo investigativo, en el que ha invertido mucho tiempo de su vida, bajo el título de Memorias de un gusano.

¿De dónde surge el encantamiento de Cabrera por Barcelona?
Aunque Cabrera llegó físicamente a la ciudad en el otoño de 2008, él ya había aterrizado mentalmente muchos años antes en Barcelona. Lo hizo a través del televisor, cuando vio, desde su natal Palmira, el Mundial de España 1982. Desde entonces ya caminaba por los alrededores del Camp Nou y la cancha de Sarrià. Estos campos de fútbol le abrieron la ciudad a sus ojos. Luego, volver para unos, llegar para otros, a la ciudad le sirvió para releer a Vásquez Montalbán (El delantero centro fue asesinado al atardecer, y Fútbol: una religión en busca de un Dios), reencontrarse con Javier Marías (Salvajes y sentimentales letras de fútbol), descubrir a Enric González (Historias del calcio) y decidir que, muy a pesar de que Juan Villoro, el autor de Dios es redondo, diga lo contrario, el fútbol se puede contar en forma de novela.

¿De ahí que este deporte esté tan presente en su obra?
No recuerdo un instante de la vida de Cabrera sin una pelota. Su padre jugaba al fútbol y él lo acompañaba siempre. Lo llevaba en la parrilla de su vieja bicicleta Philips, por eso para él, de niño, lo natural en la vida era el fútbol. A su padre lo llamaban Pini, por un jugador uruguayo, Raúl Pini, que jugó en el Millonarios y junto a Alfredo Di Stéfano, Adolfo Pedernera y Néstor Raúl Rossi, integraron en Colombia el llamado “Ballet Azul” de la década del 50, en el siglo XX. Y no es que tuvieran parecido, lo que pasó es que de niño, cuando jugaba a la pelota, su padre corría por todos los potreros de Palmira diciendo: “yo soy Pini, yo soy Pini” y Pini se quedó. Si usted pregunta por Ramiro Cabrera, quizás en Palmira nadie le dé respuesta, pero si pregunta por Pini, de inmediato lo guían y llevan hasta su casa.

¿Con tanto fútbol cómo no se hizo futbolista?
Aunque respiraba fútbol, su padre siempre le dijo a él y su cuatro hermanos que primero estaba el estudio. Recuerdo que cuando Cabrera estaba cursando la primaria, hicieron una convocatoria para que los interesados asistieran a una prueba, para elegir y definir los integrantes que respresentarían a la escuela Jorge Eliécer Gaitán en un campeonato estudiantil. Él rondaba los 10 años y como jugador preferido tenía al argentino Miguel Ángel Converti, un zurdo que anotaba muchos goles a punta de saltos estratosféricos y cabriolas inimitables. Cabrera se presentó a ese llamamiento como puntero izquierdo, pero era más derecho que la derecha. Claro, lo probaron y no funcionó. Así desfiló por las otras nueve posiciones hasta que, gracias a su altura y los brazos largos, logró una plaza como portero, pero suplente. Sin embargo, los días de tener que ensuciar botines y el buzo de guardameta en cualquier charco de agua, pues no jugaba, terminaron cuando la mamá del titular retiró a este de la selección de la Gaitán porque tenía malas notas. Así fue campeón de ese torneo. Su escuela ganó, 2-1, la final a los chicos del Seminario en el estadio Rivera Escobar de Palmira.

¿Se podría interpretar eso cómo el génesis de su tradición? ¿Qué lecturas le interesaban entonces?
Sí, su tradición narrativa nace en los campos de fútbol. Luego de los partidos, padre e hijo volvían a casa y el niño contaba a sus hermanos, uno a uno, qué había pasado durante el juego. Un relato diferente para los cuatro. Un encuentro distinto para cada uno. Pero si quiere que hablemos de lecturas, de libros, le puedo decir que, como todo niño, comenzó leyendo cómic y literatura fantástica. Entre los primeros se destacan Condorito, Supermán, Kalimán, y un tebeo mexicano que se llamaba Memín. En eso gastaba parte del dinero que le daban sus padres. Entre los libros, leyó Moby Dick convencido de que era un cómic y que en algún momento las letras iban a dar paso a las viñetas. Con Julio Verne viajó por las profundidades del mar y visitó el centro de la Tierra. De esos años, su preferido es Cuento de Navidad, de Charles Dickens, al que llegó gracias a ver en la TV una adaptación de la BBC.

¿Llegar a los libros por la televisión?
Sí, es curioso, algunos ven una película y les basta. Cabrera vio ese montaje y quiso saber más de la obra. Le pareció terrorífico lo de los fantasmas que visitan al viejo Scrooge. Le pasó lo mismo con 20.000 leguas de viaje submarino y Viaje al centro de la Tierra. Jocosamente, me contó que cada año, en fechas como el Día del Padre y el Día de la Madre, antes de acordarse de Pini y Esneda, recordaba con cariño el Sharp 20 pulgadas.

Y su encuentro con algún clásico…
Claro, pero me salgo de la literatura para volver al fútbol. Gracias a conversaciones con sus amigos, supe que promovía el que el partido Brasil-Italia del Mundial 1982 (2-3), en el demolido estadio de Sarriá, tendría que ponerse a la altura de El Quijote, La Divina Comedia, cualquier creación de Shakespeare u Homero. “Ese juego debería estar en un vídeo sinfín, en el Louvre o el Prado, al lado de cualquiera de las grandes obras del arte”, decía no se sabe si en broma o en serio, porque esa era otra de sus características.

¿Por qué Memorias de un gusano?
Como homenaje a esa época de la universidad, en la que estudió periodismo en Cali, y con otro compinche, Víctor Manuel Mejía, crearon y fundaron una revista “cadapuedaria” de cuentos, ensayos y crónicas, a la que le pusieron El Gusano y cuyo lema decía: “La única revista que no tiene eslogan”.

¿Qué otro viaje marcó su vida?
Sus idas a Argentina. “Nunca terminé de ir… o mejor dicho, siempre me quedé y el que ves ahora, es otro”, me confesó. Fue por Fontanarrosa (No te vayas campeón y 19 de septiembre de 1971). Pero, sin duda, por Osvaldo Soriano. En el cementerio de Chacarita visitó la tumba del escritor que conoció por la noticia de su muerte en el diario, y que tras leer una carta que éste le escribió a Eduardo Galeano (El fútbol a sol y sombra), fue hasta la librería más cercana y compró sus siete novelaa. Las leyó todas, encerrado en la casa, comiendo sin comer, bañándose sin bañar. Leyó todas, como el adicto a la heroína que necesita pincharse para calmar la ansiedad. Desde entonces, su vicio fue Soriano.